Los escultores griegos del periodo clásico tenían una obsesión con el óvalo. En los retratos de madurez, como los de Pericles o de los filósofos helenísticos, la edad no se representa con arrugas sino con un cambio en la forma: la mandíbula pierde definición, las mejillas se desplazan hacia abajo y la mirada se hunde bajo un párpado más pesado. Sabían, sin nombrarlo, que envejecer es sobre todo perder sostén.
La medicina moderna llama a eso flacidez facial y lo describe con precisión: degradación del colágeno, pérdida de elasticidad y descenso de los compartimentos de grasa que dan volumen al tercio medio de la cara. El mármol lo mostraba; hoy se puede medir.
Lo interesante es que el diagnóstico clásico sigue siendo válido. La flacidez no se corrige rellenando arrugas, igual que un busto no se restaura puliendo la superficie. Hay que trabajar la estructura: estimular el tejido que sostiene, reposicionar lo que ha descendido y, en casos avanzados, retirar lo que sobra.
Quien quiera pasar de la metáfora a la práctica encontrará una explicación clara de las causas y tratamientos de la flacidez facial ordenada por décadas, desde los primeros signos a los treinta hasta el descolgamiento marcado de los sesenta. Es una lectura útil precisamente porque no promete lo que ningún tratamiento puede dar.
Málaga, con su tradición de retrato romano en el museo de la Alcazaba, ofrece un buen laboratorio visual para esta idea. Basta mirar de perfil las cabezas de época imperial: la edad está en el contorno, no en la piel. Veinte siglos después, seguimos leyendo el rostro igual.
